Camino.
Adoro esa actividad.
Me toco el pelo, como de habitud.
Hoy mis rizos no saben hacia dónde girar. En respuesta, se encrespan, como mi
humor.
Yo tampoco sé que hacer, si
matarte o partirte las piernas. A esto lo llaman apología de la violencia, pero
a veces los términos no definen la realidad (de igual modo que la realidad a
veces no se puede definir con términos). Porque tu realidad y la mía es, sin
duda, diferente. Hoy me toca ver la mía a través de esa ventana que tú un día empañaste.
Pero no importa; aprendí a respirar bajo el agua.
Camino, pero me siento cansada. Si
el cristal de mi ventana era cristalino, ¿por qué lo empañas? Mi madre me reñía
por hacer dibujos en el espejo del baño cuando salía de la ducha, ¿es que la
tuya no lo hacía?
Comprendo. Tú no tienes cristales
sobre los que dibujar. Me compadezco, pero sinceramente me toca un pie. Mi
cristal comienza a rayarse de tantas veces que lo has empañado y ya sabes
aquello de que un espejo roto trae siete años de mala suerte a quien lo rompe.
Allá tú.
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