lunes, 23 de marzo de 2015

"Estos días azules y este Sol de la infancia"

Estos fueron los últimos versos escritos por el poeta Antonio Machado antes de morir. Iba a escribir alguna tontería del tipo “aquello en lo que uno piensa antes de morir es en aquellos recuerdos de su vida que guarda con mayor ternura”. Pero si los pensamientos que se tienen en vida difieren tanto entre personas, ¿por qué deberían coincidir a la hora de la muerte? Aunque, sin duda para mí, “estos días azules y este Sol de la infancia” son los versos que escogería yo también para mis últimos minutos de vida.

Primavera. Printemps. Por fin “ese cielo azul y ese Sol de la infancia”.   

Dicen que no necesitamos conocer más de doscientas palabras de un idioma para comunicarnos. Aprender un idioma a la fuerza permite discernir qué palabras son las realmente relevantes, aquellas que realmente necesitas en tu vida. Nuevas palabras, nueva realidad, mismo Sol, mismo azul de la infancia.
Abro la persiana y ese Sol de la infancia se cuela por la ventana de mi cuarto e ilumina el parqué. Siempre he soñado con vivir en una casa con parqué. Los pensamientos (lilas, amarillos y naranjas) me saludan alegremente desde su maceta  al mismo tiempo que los míos propios lo hacen en mi cabeza. Me desperezo. No empieces a pensar tan pronto, Laura, tienes un día entero por delante.


Y entonces llega el petit déjeuner, el bonjour, las sonrisas y el bonne journée. Porque aquí todo el mundo desea “que tengas un buen día”, lunes incluidos. Pero en el país de le chocolat, ¿cómo no vas a estar contento? Porque pudiendo ser tú misma, ¿cómo no vas a ser feliz?


C’est mon petit homeaje à Gèneve.  

lunes, 9 de marzo de 2015

Lunes.

Valencia, Barcelona o Ginebra, da igual. Los lunes son duros y ésta es un verdad universal. Quizá es por aquello de "a lo bueno, uno se acostumbra rápido". Dos días -un fin de semana- se convierten, para mí, en una buena degustación de lo que en realidad es la vida. Un pellizco de sal aquí, un trocito de chocolate allá, ahora mojo pan en esta salsa, ahora la combino con esta otra. Cuando acaba la degustación, un golpe de aire frío azota a los comensales al salir del restaurante en el que apenas han pasado dos horas. Dos días. ¿Y después? Después un viento frío que nadie ha ordenado. Un viento frío que no se merecen y que les sonroja las mejillas y les agrieta los labios hasta doler, hasta que logran encontrar cobijo en un refugio que les permita recuperarse.

Y me pregunto, ¿es esto la vida? ¿Es aquello que pasa dos días de cada cinco, seis horas de cada dieciséis?

Y esta es una de las reflexiones que me permito durante estas seis horas. Porque igual que, para mí, dos días son suficientes para degustar la vida, seis horas lo son para tratar de no olvidar nunca la verdadera realidad. Porque los Red Hot Chilli Peppers cantaban esta mañana en mi cabeza aquello de "nunca más quiero sentirme como me sentí aquel día". Porque no quiero irme a dormir sin una buena reflexión.