lunes, 9 de marzo de 2015

Lunes.

Valencia, Barcelona o Ginebra, da igual. Los lunes son duros y ésta es un verdad universal. Quizá es por aquello de "a lo bueno, uno se acostumbra rápido". Dos días -un fin de semana- se convierten, para mí, en una buena degustación de lo que en realidad es la vida. Un pellizco de sal aquí, un trocito de chocolate allá, ahora mojo pan en esta salsa, ahora la combino con esta otra. Cuando acaba la degustación, un golpe de aire frío azota a los comensales al salir del restaurante en el que apenas han pasado dos horas. Dos días. ¿Y después? Después un viento frío que nadie ha ordenado. Un viento frío que no se merecen y que les sonroja las mejillas y les agrieta los labios hasta doler, hasta que logran encontrar cobijo en un refugio que les permita recuperarse.

Y me pregunto, ¿es esto la vida? ¿Es aquello que pasa dos días de cada cinco, seis horas de cada dieciséis?

Y esta es una de las reflexiones que me permito durante estas seis horas. Porque igual que, para mí, dos días son suficientes para degustar la vida, seis horas lo son para tratar de no olvidar nunca la verdadera realidad. Porque los Red Hot Chilli Peppers cantaban esta mañana en mi cabeza aquello de "nunca más quiero sentirme como me sentí aquel día". Porque no quiero irme a dormir sin una buena reflexión. 

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