domingo, 20 de julio de 2014

Paréntesis. Seres únicos.

Hará aproximadamente tres años, alguien que de forma indirecta ha tenido una gran influencia en mi vida me dijo, sin casi conocerme, que viviría una vida llena de inquietudes que no me permitirían alcanzar nunca la sensación de haber conseguido en la vida aquello que me hace feliz. “Nos pasa a mucha gente, nunca llegamos a estar conformes donde estamos porque nos planteamos otras posibilidades”.

En la Manhattan de Woody Allen, la ciudad está plagada de estos seres, intelectuales con un gran bagaje cultural que, sin embargo, son incapaces de encontrar estabilidad en sus propias vidas. Dando tumbos, exploran las diferentes opciones que les ofrece la vida, no toman una sola decisión sino que las toman todas, ofrecen una posibilidad que es poco frecuente en la vida real pero que sí puede darse en el cine. Lógicamente, ninguna de las decisiones termina por convencer a ninguno de estos seres; es una película sin final en la que los actores continuarán dando tumbos infinitamente. La felicidad no se consigue, pues, en la meta, sino que aparece distribuida en pequeños instantes a lo largo del camino. En palabras de Ana María Matute, “¿Qué es la felicidad? Son momentos. Lo que no existe, creo, es la desgracia continuada, pero la felicidad intensa, como lo que yo he vivido. ¿Todo el rato así? No podría soportarlo”.

De cara a un público ajeno, puede resultar triste que uno mismo considere que nunca va a encontrar la felicidad o la estabilidad como meta. No obstante, me considero una persona optimista; veo en estos seres la posibilidad de vivir y de aprender de diferentes situaciones, de conocer sentimientos o emociones que de otro modo jamás tendrían la oportunidad de conocer, de no poder alcanzar la felicidad pero sí la libertad. Creo que, el error, es tratar de renegar de quien es uno mismo, tratar de tener una vida normal cuando es evidente que no se puede tener. “No es necesario tener principios, lo importante es tener finales” (LOL). 

jueves, 10 de julio de 2014

Punto 7. Sobre las decisiones

Determinadas situaciones hacen que, de pronto, crezcamos. Si alguien que se dedique a la investigación me lee, crecer es algo así como inducir proteína en E. coli; la capacidad de sintetizar la proteína está dentro de las propias bacterias pero se necesita de un inductor (por ejemplo, IPTG) para que comiencen a producirla. Que la proteína salga bien o mal dependerá de diversos factores; del estado en el que se encuentren las bacterias en el momento en que se dé la inducción y del estado y tiempo que se les da para su síntesis. En definitiva, se necesita un estado inicial óptimo y un tiempo determinado para producir una buena proteína.

Crecer no es más que tomar decisiones. Se necesita estar en buen estado para poder tomar una buena decisión; además, al igual que en el caso de las proteínas, se requiere de un tiempo más o menos largo que dependerá de la importancia de la decisión. Tomar una buena decisión en un periodo corto de tiempo es lo que, creo, llaman madurez.  La madurez es, en realidad, una creencia; nadie está preparado para todo tipo de situaciones, nadie sabe cómo actuará ante una situación desconocida hasta que se enfrenta a ella, pero pensar que sí se está preparado y sí se sabe es algo que confiere una enorme tranquilidad. Lo cierto es que, en general, tenemos poco control sobre nuestras vidas (o, al menos, mucho menos del que pensamos). Creo  que la felicidad reside en aceptar las cosas tal cual vengan, en escoger la opción B o C si la A no ha podido ser, en no valorar una decisión como correcta y otra como equivocada, en aprender de todas ellas. Es estar adaptado o morir. El otro día me llamaron "abnegada"; la abnegación es, al fin y al cabo, mi adaptación. 

“But if something did happen, it happened. Whether it's right or wrong. I accept everything that happens, and that's how I became the person I am now.”― Haruki Murakami, Kafka on the Shore