Hará aproximadamente tres años,
alguien que de forma indirecta ha tenido una gran influencia en mi vida me dijo,
sin casi conocerme, que viviría una vida llena de inquietudes que no me
permitirían alcanzar nunca la sensación de haber conseguido en la vida aquello que
me hace feliz. “Nos pasa a mucha gente, nunca llegamos a estar conformes donde
estamos porque nos planteamos otras posibilidades”.
En la Manhattan de Woody Allen,
la ciudad está plagada de estos seres, intelectuales con un gran bagaje
cultural que, sin embargo, son incapaces de encontrar estabilidad en sus propias
vidas. Dando tumbos, exploran las diferentes opciones que les ofrece la vida,
no toman una sola decisión sino que las toman todas, ofrecen una posibilidad
que es poco frecuente en la vida real pero que sí puede darse en el cine. Lógicamente,
ninguna de las decisiones termina por convencer a ninguno de estos seres; es
una película sin final en la que los actores continuarán dando tumbos
infinitamente. La felicidad no se consigue, pues, en la meta, sino que aparece distribuida
en pequeños instantes a lo largo del camino. En palabras de Ana María Matute, “¿Qué
es la felicidad? Son momentos. Lo que no existe, creo, es la desgracia
continuada, pero la felicidad intensa, como lo que yo he vivido. ¿Todo el rato
así? No podría soportarlo”.