Determinadas situaciones hacen que, de pronto,
crezcamos. Si alguien que se dedique a la investigación me lee, crecer es algo
así como inducir proteína en E. coli; la capacidad de sintetizar la proteína
está dentro de las propias bacterias pero se necesita de un inductor (por
ejemplo, IPTG) para que comiencen a producirla. Que la proteína salga bien o
mal dependerá de diversos factores; del estado en el que se encuentren las
bacterias en el momento en que se dé la inducción y del estado y tiempo que se les
da para su síntesis. En definitiva, se necesita un estado inicial óptimo y un
tiempo determinado para producir una buena proteína.
Crecer no es más que tomar decisiones. Se necesita
estar en buen estado para poder tomar una buena decisión; además, al igual que
en el caso de las proteínas, se requiere de un tiempo más o menos largo que
dependerá de la importancia de la decisión. Tomar una buena decisión en un
periodo corto de tiempo es lo que, creo, llaman madurez. La madurez es, en realidad, una creencia;
nadie está preparado para todo tipo de situaciones, nadie sabe cómo actuará
ante una situación desconocida hasta que se enfrenta a ella, pero pensar que sí
se está preparado y sí se sabe es algo que confiere una enorme tranquilidad. Lo
cierto es que, en general, tenemos poco control sobre nuestras vidas (o, al
menos, mucho menos del que pensamos). Creo que la felicidad reside en aceptar las cosas tal
cual vengan, en escoger la opción B o C si la A no ha podido ser, en no valorar
una decisión como correcta y otra como equivocada, en aprender de todas ellas. Es estar adaptado o morir. El otro día me llamaron "abnegada"; la abnegación es, al fin y al cabo, mi adaptación.
“But
if something did happen, it happened. Whether it's right or wrong. I accept
everything that happens, and that's how I became the person I am now.”―
Haruki Murakami, Kafka on the Shore
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